Ayotzinapa, la barbarie y la historia

Rodrigo Llanes*

El asombro ante el hecho de que las cosas que vivimos sean ‘aún’ posibles en el siglo veinte no tiene nada de filosófico. No está al comienzo de ningún conocimiento, a no ser el de que la idea de la historia de la cual proviene ya no pueda sostenerse.
Walter Benjamin, “Sobre el concepto de historia” (1940)

En estos días se ha escuchado con frecuencia la consternación: ¿cómo es posible que, a inicios del siglo XXI, cuarenta y tres estudiantes sean secuestrados y otras seis personas sean asesinadas por policías en una misma noche, en un mismo evento? No una persona. Tampoco dos, o tres, o diez. Sino cuarenta y tres. ¿Y cómo es posible que, en el México moderno y democrático, un joven estudiante, Julio César Mondragón, haya sido torturado y desollado?

La pregunta misma —cómo es posible que la barbarie de Ayotzinapa ocurra aún en el siglo XXI—, supone una visión de la historia como progreso: a medida que la historia avanza las barbaries van quedando atrás. A pesar de que la concepción de la historia como progreso ha sido desacreditada desde muchas décadas atrás (y podemos remontarnos a siglos), no es inusual encontrarse con la idea de que sucesos como los de Ayotzinapa o, unos meses antes, Tlatlaya (la lista puede continuar y, mientras escribo esto, leo que el sábado pasado unos policías mataron a golpes al ingeniero Abraham Canché en Campeche), sólo pueden ser huellas de una barbarie pasada. Pero, ¿qué si la barbarie de hoy no es un mero rastro del pasado?, ¿acaso la barbarie no es parte constitutiva de nuestro presente? O peor aún, ¿qué lugar ocupa la barbarie en nuestro futuro?

Me parece que nuestra concepción sobre los indignantes sucesos en el país cambia si dejamos de verlos o pensarlos como eventos de la barbarie que aún suceden y comenzamos a concebirlos como parte de nuestro presente, de nuestra realidad contemporánea. Parte de lo que somos y, acaso, de lo que estamos deviniendo. Porque no se trata sólo de Ayotzinapa sino de la organización misma de la sociedad, de su economía (con sus dinámicas de acumulación a partir del tráfico de drogas, de secuestros, de extorsiones y del control de recursos locales); de su política (con viejas estructuras clientelares, redes entre distintos niveles de gobierno y el crimen organizado, de corrupción y de impunidad); así como de procesos de deshumanización que hacen posible la negación del derecho humano más fundamental: el derecho a la vida. Mientras esa organización no cambie, la barbarie no dejará de ser parte de nosotros, y no como pasado sino como actualidad.

Sin embargo, y por fortuna, no todo es barbarie. Junto a ella existen tendencias de humanización, acaso tímidas, pero que también se asoman en numerosos actos. La indignación que ha provocado Ayotzinapa se ha transformado en expresiones de solidaridad en México y en otras partes del mundo, así como en diversas formas de acción: marchas, cartas, comunicados, pronunciamientos, foros, publicaciones, constitución de asambleas, performances, tomas de edificios y supermercados, pinturas, videos, entre otras expresiones. Y así como la barbarie no puede ser vista como algo que seguimos arrastrando, sino como parte constitutiva de nuestro presente, así también las expresiones de humanización deben ser entendidas como parte de nuestra realidad, pero, sobre todo, como parte de la potencia de nuestro presente. Como parte de la potencia de poder crear seres humanos nuevos o, en otras palabras, seres que sean, simplemente, verdaderamente humanos. Hacia el final de su vida, en medio de otra barbarie —el ascenso del fascismo en Europa y la segunda guerra mundial—, Walter Benjamin escribió, en el mismo texto de donde proviene el epígrafe que abre estas reflexiones, que “en realidad no hay un instante que no traiga consigo su oportunidad revolucionaria —sólo que ésta tiene que ser definida en su singularidad específica, esto es, como la oportunidad de una solución completamente nueva ante una tarea completamente nueva”. Acaso podríamos pensar la historia a partir de la oportunidad revolucionaria de este instante.

*Estudiante del doctorado en Ciencias Antropológicas en la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa

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