Neoliberalismo, reformas, terror y desapariciones forzadas

Rodrigo Llanes*

 ¿Qué relación tienen las recientes reformas y leyes aprobadas en México con los numerosos casos de desapariciones forzadas en el país, como el de los cuarenta y tres estudiantes normalistas de Ayotzinapa? ¿Cómo entender, por un lado, la imagen de un México “moderno”, que presume a todo el mundo su “movimiento” gracias a las reformas estructurales aprobadas en la presente administración federal, con la de un “México bárbaro” (Turner dixit), en cuyos rincones menos visibles en los medios de comunicación se encuentran fosas clandestinas, cuerpos desollados, decapitados, calcinados y bolsas de basura llenas de dientes y cenizas? El reciente libro del periodista italiano Francisco Mastrogiovanni, titulado Ni vivos ni muertos. La desaparición forzada en México como estrategia de terror (Grijalbo, 2014), elaborado a partir de entrevistas a familiares de desaparecidos, expertos en temas de violencia y narcotráfico, activistas, periodistas, funcionarios públicos e incluso víctimas de desaparición forzada, nos ofrece importantes elementos para entender la relación entre procesos económicos, políticos y culturales en el país que son, como lo indica el título, verdaderamente aterradores.

            El pasado 5 de noviembre, durante el foro The Mexico Summit. The Road to Competitiveness, el secretario de hacienda, Luis Videgaray, declaró que “lo ocurrido en Guerrero es algo que difícilmente vamos a olvidar [… sin embargo] México tiene una agenda importante de reformas pero también el potencial de transformar la realidad económica; […] este no es el momento de distraernos para su implementación. Este es un momento para seguir trabajando con disciplina, de manera efectiva y acelerada, en la implementación de las reformas”. Es claro que para uno de los actores clave del actual gobierno, las reformas económicas tienen prioridad sobre la búsqueda de los estudiantes normalistas y otros desaparecidos. Lo que no se dice, desde luego, es que las desapariciones mismas son parte constitutiva de las reformas. Ésta es una de las principales conclusiones que se desprenden del libro de Mastrogiovanni, quien desde el inicio se pregunta por la importancia estratégica de México en la geopolítica contemporánea. Además de ser un país clave en la producción y el tráfico de drogas, Mastrogiovanni expone que: “México, en la zona de la Cuenca de Burgos, que comprende los estados de Nuevo León, Coahuila, Tamaulipas y el norte de Veracruz, tiene en su subsuelo la cuarta reserva mundial de gas de pizarra, esquisto o lutitas, más conocido por su nombre en inglés: shale gas” (p. 34).

Como es bien sabido, uno de los principales objetivos de la reforma energética es la apertura del sector energético a los capitales privados y, al mismo tiempo, explotar el gas shale a través del método conocido como fractura hidráulica o fracking, procedimiento que ha sido sumamente cuestionado en numerosos países por sus consecuencias en materias de salud y de daño al medio ambiente, amén del hecho de que las ganancias derivadas de dicha explotación se irían principalmente a gobiernos y empresas y no a las poblaciones locales. De acuerdo con Mastrogiovanni, una forma de asegurar la explotación del gas shale es a través del control de la población, lo cual el gobierno y las empresas transnacionales pueden lograr a través de estrategias de terror, tales como homicidios, decapitaciones y desapariciones forzadas.

Desde luego, la relación entre economía y violencia no es nueva, y ya Karl Marx hizo referencia a dicho vínculo en uno de los capítulos más provocadores de El capital, “La llamada acumulación originaria”, condición previa y necesaria a la acumulación capitalista, en este caso, a la explotación de gas shale. La idea de “acumulación originaria” le ha servido al geógrafo inglés David Harvey para caracterizar al neoliberalismo como un proyecto de la clase dominante de “acumulación por desposesión”: desposesión de territorios con recursos valiosos y significativos, de su conversión en mercancías y de su privatización, un proceso que México ha venido viviendo desde inicios de la década de los ochenta del siglo pasado.

Esta acumulación originaria y que actualmente sigue operando por medio de la desposesión encuentra en el terror una estrategia efectiva. El antropólogo australiano Michael Taussig ha empleado el concepto de “cultura del terror” para referirse a cómo un universo de significados asociados con el terror (como asesinatos y desapariciones) ha servido como un instrumento de control político y económico en varios países de América Latina; del mismo modo, la periodista canadiense Naomi Klein se ha referido al neoliberalismo como un “capitalismo del desastre” para ilustrar cómo los procesos económicos de liberación comercial, de privatización de empresas y de mercantilización de bienes han utilizado terapias de “shock” o estrategias de terror para poder llevase a cabo, como en el golpe de estado en Chile o la invasión de Estados Unidos a Irak.

Así, las desapariciones forzadas en México, nos dice Mastrogiovanni, son una verdadera estrategia de terror que funciona como condición para los procesos de acumulación capitalista, ya sea para las empresas transnacionales interesadas en el gas shale, o también, podemos agregar, para organizaciones criminales que buscan controlar territorios estratégicos en términos de producción de drogas (como marihuana y amapola, y, en este sentido, el estado de Guerrero es fundamental), al igual que obtener ganancias a partir de formas terroríficas de renta: extorsiones, secuestros, desapariciones forzadas y otros procedimientos que reproducen una cultura del terror.

Aunado a todo esto hay un elemento que Mastrogiovanni describe como un rasgo común a las desapariciones forzadas durante las administraciones de Felipe Calderón y de Enrique Peña Nieto (que suman alrededor de 27 mil casos): la criminalización de las víctimas. En los medios noticiosos, en las declaraciones de funcionarios, así como en las instituciones mismas de procuración de justicia, se reproduce constantemente la idea “de que las víctimas de desaparición forzada son criminales y, por ende, se merecían lo que les pasó” (p. 30). No podemos pasar por alto que la culpabilización e incluso criminalización de las víctimas constituye, de acuerdo con el sociólogo y etnólogo francés Pierre Bourdieu, una forma de violencia simbólica, que no por ser simbólica resulta una violencia meramente imaginaria, sino que, a través de la comunicación, el conocimiento, desconocimiento y reconocimiento de un orden simbólico sirve de sustento y reproduce otras formas de violencia, como la estructural (por ejemplo, la impunidad en las instituciones) y la violencia política (como la eliminación de enemigos políticos).

Todos estos procesos económicos, políticos y culturales son ilustrados en el libro a partir de vívidos y dolorosos relatos de familiares y víctimas de desapariciones forzadas, como los de Rosa María Moreno y José Alfredo Cerdón, padres del joven Alan, desaparecido en 2011 en Guerrero y encontrado en una fosa clandestina cerca de la carretera Iguala-Zumpango; el de Daniel, un migrante hondureño, secuestrado en Chiapas y que logró escapar de un grupo que presumía ser parte de los Zetas para poder ejercer terror entre la población local; el de Miguel, joven de Guadalajara que también logró escapar de sus secuestradores en Tepic; de Melchor Flores Langa, cuyo hijo, Melchor Flores Hernández, conocido como el “Vaquero Galáctico”, fue desaparecido en Monterrey en 2009; de Margarita López, cuya hija, Yahaira Guadalupe Baena López fue desaparecida en Oaxaca en 2011. Acaso valgan mención aparte los capítulos dedicados a Guerrero, en donde la desaparición forzada constituye una verdadera “tradición mexicana”, ya que “es una práctica que el Estado mexicano lleva más de 40 años utilizando para controlar a la población civil y reprimir las luchas sociales” (p. 78); a Nepomuceno Moreno, integrante del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, padre del joven Jorge Mario, desaparecido en 2010 Sonora, y que, como su hijo, fue asesinado a balazos en Hermosillo; así como el dedicado a Coahuila, territorio controlado por los Zetas y en donde el control y desaparición de migrantes (quienes son víctimas del peor fetichismo posible al ser reducidos a mero recurso humano a explotar y a carne y huesos para expresar terror) constituye un negocio millonario.

En medio de la trama de dolorosos relatos, Mastrogiovanni documenta también testimonios de familiares, activistas y miembros de organizaciones y refugios que, en diversos estados de la república, se han organizado y luchado para recuperar a sus familiares desaparecidos y exigir justicia. Personas que ya se cansaron de la impunidad e injusticia del Estado Mexicano, pero que no se han cansado de luchar en contra de ellas. Asimismo, destaca el uso de las fotografías de los desaparecidos y su función de “recordarnos y hacer visibles a todos que esas personas no están donde deberían estar” (pp. 203-204).

El libro de Mastrogiovanni cierra con una atrevida comparación entre las desapariciones forzadas en el México contemporáneo y la Alemania nazi, en la que las desapariciones forzadas se utilizaron para eliminar y desaparecer opositores al régimen. Una de las conclusiones es que “aquí [en México], se puede afirmar categóricamente, la situación es peor que en la Alemania nazi de 1941: en México falta, por principio de cuentas, que el Estado asuma su responsabilidad en esta estrategia del terror, basada en la desaparición forzada de miles, de decenas de miles de personas” (p. 198). Desde la segunda guerra mundial, en el mundo entero se han condenado los crímenes contra la humanidad cometidos por los nazis. Ahora, en todo el mundo se está denunciando también las desapariciones forzadas de cuarenta y tres estudiantes en Ayotzinapa, así como de los más de 27 mil casos en el país en los últimos años. La denuncia, la organización y la acción deben continuar, pues, como escribe Mastrogiovanni al final del libro, “no se puede permitir que el terror se vuelta parte de la normalidad” (p. 204), ya que “las cosas pueden empeorar, siempre pueden empeorar” (p. 205).

*Estudiante del doctorado en Ciencias Antropológicas en la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa

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Una respuesta a Neoliberalismo, reformas, terror y desapariciones forzadas

  1. Excelente artículo, una explicación amplia y fundamentada para entender desde otra perspectiva, el régimen de terror que viven principalmente los sectores más desprotegidos a merced de las “necesidades” de un estado neoliberal que se vuelve más dantesco al mezclarse la ambiciosa acumulación, corrupción, injusticia e impunidad.

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